Al terminar la carrera de biología en el año 2013, comencé a escribir artículos de divulgación científica y varias veces acaba leyendo sobre cosas muy interesantes que me motivaban a escribir textos que no llegaban a desarrollarse en ideas completas. Así que, para practicar, en 2014, comencé a poner esos retazos de texto en un blog, donde podía plasmar ideas que no germinaban. Esos retazos de texto, sin embargo, no tenían lugar en mis escritos no porque no fueran interesantes, sino porque en aquel entonces estaba de moda escribir artículos de divulgación como si fuera una agencia de marketing para ciertos artículos publicados en revistas indexadas. Lo que me gustaba escribir en esos retazos era sobre cómo la ciencia se hacía antes de ser publicada, o sobre cómo ciertas ideas permeaban en el arte o en la cultura popular, pero hace diez años, no veía estas ideas como parte de esa “divulgación de la ciencia”.
Durante mi doctorado y antes de la pandemia, ese blog lo utilicé para no dejar de escribir y darle rienda suelta a la creatividad de investigar y leer sobre cosas que no entrarían en el ámbito de la divulgación. Después de la pandemia, intenté profesionalizar el blog al hablar sobre temas de paleobiología y ciencias de la Tierra que siguen sin ser comunes en divulgación de la ciencia, como decolonialidad y taxonomía. Estos retazos de texto me parecían inconexos en aquel entonces, pero con el privilegio de la retrospectiva, he podido entender que lo que los unía era la historia y el uso de la sistemática, el área de la biología donde se discute qué es una especie, si especies pertenecen a la misma familia o a otra, si un orden representa una historia evolutiva coherente o no, o incluso la pregunta casi metafísica de si las especies existen en la realidad o no. Sin embargo, estas discusiones suelen ser consideradas como trivias o curiosidades y no como actividades científicas dentro del ramo de lo que hoy consideramos como “STEM”. En la literatura, este desinterés cae dentro de lo que se conoce como el impedimento taxonómico.

El impedimento taxonómico fue definido por primera vez en la Declaración de Darwin de 1988 como el principal problema deteniendo las políticas de conservación de la diversidad. El problema consiste en que, por un lado, hay muchos huecos en cuanto a nuestro conocimiento de la diversidad, pero, por otro lado, tenemos muchos recursos taxonómicos que no se ocupan porque no existen los recursos humanos para explotarlos. Es decir, el impedimento taxonómico es que hay una crisis de profesionistas cuyo interés sea la taxonomía.
¿Qué se necesita para solucionar el impedimento taxonómico? 1. La taxonomía es una ciencia con una fuerza laboral en declive; conforme los profesionistas se retiran sin dejar una escuela sucesora, ese conocimiento acumulado se pierde; se necesita que las nuevas generaciones hereden todo ese bagaje intelectual de sus predecesores y lo desarrollen. 2. Hay falta de financiamiento, ya que al ser considerada una “ciencia básica” se financia siempre como complemento de otros proyectos más especializados, lo que genera falta de campo laboral y alimenta el desinterés de las nuevas generaciones. 3. Hay una confusión entre herramientas y soluciones; por ejemplo, la bioinformática se ve como la solución para evitar hacer taxonomía y no como una herramienta para mejorar la taxonomía existente. 4. La taxonomía tiene demasiadas barreras educacionales, ya que no se enfatiza en los temarios universitarios y los materiales acumulan términos en desuso, generando material nuevo que es instantáneamente obsoleto.
Si uno escribe en Google Scholar la palabra “Insectivora” y restringe la búsqueda a artículos publicados después de 2020, la búsqueda regresa más de 400 entradas, hasta donde dejé de contar, hablando sobre fisiología, ecología, medicina y demás aspectos del orden Insectivora. Sin embargo, desde 1999, el orden Insectivora no se considera una agrupación biológica real, lo que significa que los integrantes del orden Insectivora no comparten un ancestro común. Antes de 1999, el orden Insectivora incluía a los erizos, los tenrecs, los dermópteros, las tupayas, las musarañas elefante, y una gran variedad de mamíferos pequeños con rasgos primitivos, nocturnos y que se alimentan de insectos y otros invertebrados. La agrupación se ha considerado más como una conveniencia que como un reflejo de un agrupamiento con significado biológico. La Wikipedia en español afirma, por ejemplo, que el término Insectivora está en “desuso”, pero el nombre sobrevive en varios artículos científicos tan solo en los últimos cuatro años, lo que incrementa la literatura sobre una categoría supuestamente en desuso. Mi opinión es que a veces esto se debe a que las revistas ven a la taxonomía y la sistemática como un elemento estético, que hace a un artículo ver como “más científico” si tiene el formato de (Orden: Familia), pero no como un elemento con información de valor científico. En otro ejemplo, el nombre Sarcodina se utilizó para referirse a organismos unicelulares con forma de “ameba”, vocablo que se supone está “en desuso” a pesar de que más de 400 artículos, hasta donde conté, son recogidos por Google Scholar como publicados a partir del 2020. Así, se perpetua la idea de que la sistemática es una ciencia anticuada que no avanza ni cambia, al mismo tiempo que produce una gran cantidad de material para el que no hay suficientes personas con carrera en taxonomía para evaluar y revisar.
¿Es la inteligencia artificial la solución? En varios foros y conferencias, hay personas que consideran que la solución al impedimento taxonómico se encuentra en la inteligencia artificial (IA). Sin embargo, para que se pueda implementar un modelo automatizado de identificación de especies, se necesita de alguien con experiencia en taxonomía del grupo para curar las bases de datos y entrenar a la IA. Por ejemplo, la IA no podría separar aquellos términos que están en desuso de los términos en uso. En los casos presentados arriba, por ejemplo, la solución podría ser una instrucción que diga “remueve el uso de Insectivora” o “ignora el uso de Sarcodina”, pero existen artículos que ocupan el término de manera informal o que ocupan el término para mantener la literatura sobre “Insectivora” junta. Además, sabemos que estos términos están en desuso porque hay alguien revisando la taxonomía del grupo. Hay grupos para los que no hay ningún profesionista de carrera y aunque la IA podría ayudarnos a encontrar estos huecos, no nos ayudaría a resolverlos. El problema sigue ahí: hace falta gente haciendo taxonomía.
Las consecuencias del impedimento taxonómico son desastrosas. Las políticas de conservación, por ejemplo, están hiper-enfocadas en la protección de “especies” en riesgo, pero si uno ve la Lista Roja de la Unión Internacional para Conservación de la Naturaleza (IUCN), uno encontrará que hay muy pocas especies de isópodos terrestres, conocidas también como cochinillas, que se encuentran en estado crítico o en riesgo de extinción. Esto no se debe a que el grupo que depende de ambientes tropicales no esté en riesgo, sino a que hay muy poca gente haciendo taxonomía de isópodos terrestres. En otro ejemplo, los focos rojos de diversidad biológica (o hotspots) se definen por dos características: deben conocer al menos 1500 especies de plantas vasculares endémicas y deben haber perdido al menos 70% de su hábitat original. En lugares megadiversos como México, la falta de profesionistas taxonómicos impide definir estos focos rojos y monitorear los que ya existen.
Así pues, el objetivo de este blog es darle a la taxonomía y a la sistemática un pequeño rol protagónico y mostrar por qué ambas ciencias son interesantes. Quiero mostrar cómo la taxonomía es una ciencia que pertenece al siglo XXI y cómo puede incorporarse la enseñanza de la taxonomía en materiales didácticos en los niveles de educación media superior y superior. Pero sobretodo, convencer a más personas de lo importante y urgente que es comenzar a resolver el impedimento taxonómico de cara a la crisis socioecológica.
